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I TRAIL COSTA DOCE by La Yudego

Hecha un flan, con menos horas de sueño de las deseables, y con el estómago completamente cerrado de los nervios, así me presenté al I Trail Costa Doce. No podía ni beber agua, ni dejar de sonreír: iba a estrenarme en el mundo de los trails.

La llegada a la zona de salida ya me puso los pelos de punta. Y es que La Organización no dio puntada sin hilo, desde el principio hasta el final. Pasados los saludos, besos y abrazos, fuimos a la cámara de llamadas. Algo de retraso. Más y más nervios. Y salimos. Fontán, y llegamos al roteiro, con los ánimos de Carlos, María Luisa y Raquel. Y, de repente, esa sensación: la de ser consciente de lo afortunada que soy de poder correr por aquí, con este Club, y de debutar con un día de escándalo. Y me di cuenta de que mis nervios habían desaparecido, así que tocaba disfrutar a tope.

Mucha gente en el primer tramo, hasta San Mamede, hizo que no pudiera ir demasiado rápido al principio. Aquí creo que se me nota la inexperiencia, tenía tantas ganas de correr que, si me dejo llevar, igual no hubiese terminado. Y, ya que no se podía ir deprisa, lo suyo era disfrutar del paisaje. Temía la llegada al talud, aunque me lo tomé con filosofía porque esta vez no habría nadie para retratar mi posible caída. Me equivocaba: tres personas preparadas para que todo quedara registrado en sus cámaras estaban esperando abajo. Al menos esta vez no seré yo la protagonista, lo salvé sin problemas.

Lo mejor de este tramo fue escuchar una gaita poco después de bajar el talud. Primer puntazo. Marisa animando, y el primer avituallamiento. San Mamede me sigue dejando de piedra cada vez que lo piso, y el domingo no iba a ser menos. Busco a Ángeles, porque salimos juntas y nos separamos unos pocos kilómetros atrás, pero no la veo. Bebida, calor del CAS, y a seguir.

Cuando llegué al punto en que Tomás nos iba separando a los participantes del trail corto y los del largo, me quedé casi sola. Algo que, además de agradecer por la comodidad al correr, me permitió meterme de nuevo en mis pensamientos de “mierda, qué tremenda suerte tengo de estar aquí”, y así, entre flipada total y entregada a la causa, llegué a la cuerda de San Pedro. Edu y su sonrisa estaban allí y, aunque me dijo que era la tercera de las chicas en pasar por ahí,  pensé que me estaba vacilando, y no le hice mucho caso. Además, tenía que bajar sin caerme hasta las rocas y alguien había escrito la palabra “ÁNIMO” en letras gigantes en la arena de la playa. Segundo puntazo. Yo ya no tenía cara para sonreír más, aún quedaba mucho por delante, pero ya había merecido la pena.

Pasaban los kilómetros, y no me podía creer lo bien que me lo estaba pasando y, más increíble todavía, lo bien que me encontraba. Y, casi sin darme cuenta, después de correr un buen rato estaba ya en Meirás, en el segundo avituallamiento. Blanca, Raquel y Ana, tres súper sonrisas llenas de fuerza, bebida, fruta, risas, y a seguir. A tope.

Pasados unos kilómetros vuelve a aparecer Edu, azuzándome para que no caminara. Y, de repente, gritos, voces de ánimo, aplausos… y emoción a flor de piel. Solazo en el cielo, y yo con la carne de gallina. Inés, Marisa, Óscar… y Bea. Otro puntazo. Lujo auténtico en el tercer avituallamiento, y recta final.

A partir de aquí sabía que podría llegar con fuerza suficiente como para afrontar con ganas ese último kilómetro de asfalto, que se vuelve el enemigo después de estos 23 en el monte. Mis compañeros de carrera, esos desconocidos que estuvieron a mi alrededor corriendo los últimos 12 kilómetros, desaparecieron. Y volví a estar sola un rato, acordándome de los ánimos de Nacho, Juanjo… Y llegué a Arnela. Y esquivé una raíz para no pisar mal. Y me doblé la rodilla. Bueno, ya que no me he caído, algo tengo que llevarme a casa.

Aparecí de nuevo en Fontán, y ya no quedaba nada. Corrí todo lo que pude ese kilómetro por el paseo, sin pensar en nada. Hasta que vi, a 20 metros de la meta, a Fernando y a Jacinto. Y tuve que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas antes de la última curva. ¿Suerte, decía? Esto es más que suerte. Esto es un privilegio.

Último puntazo: llegué a meta y, tras casi llevarme por delante a Luis y su escáner de dorsales, me recibió con un abrazo la persona que me insistió una y otra vez para que probase el monte. La que no me dejó apuntarme al trail corto. Y a la que estaré eternamente agradecida por todo eso. Gracias, Jorge. Ya estoy pensando en el siguiente.

Después hubo muchos callos, mucha cerveza, y mucho más cariño. Lo mejor del trail, los abrazos y los besos de después. Y la organización. Y este Club. Porque abraza y atrapa, y ya no te quieres ir. Lo dice una de Burgos.