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Crónica de Édgar Sánchez, o cómo estrenarse en los 42K de montaña con la CAMOVI

La temporada 2017 / 2018 es para mí el inicio de mi singladura en el mundo del trail de forma “oficial”. Antes había hecho mis pinitos en este mundillo, pero este año he decidido enfocar mi entrenamiento única y exclusivamente a esta disciplina que se ha convertido en una parte importante de mi vida.

Enrolado en mi nuevo grupo de entrenamiento, donde coincido con muchos viejos conocidos y buenos amigos, empiezo a esbozar el borrador de mis objetivos para este nuevo año. Alentado por mis compañeros y por mi propia inconsciencia pongo la mirada en la montaña asturiana, que nos brinda cada año pruebas de trail casi tan bellas como duras y exigentes. Así, en unos días, decido que la Traveserina sería una bonita guinda a esta temporada. Faltaba mucho tiempo para la prueba y confiaba en que entrenando duro y participando en algunas carreras durante el año, llegaría preparado para ese reto.

Tras varias carreras “cortas” de entre 20 y 25 kilómetros nos plantamos en Diciembre, donde me esperaba el primer gran objetivo de la temporada y el que me valdría como vara de medir para comprobar cómo respondería mi cuerpo ante un kilometraje muy elevado, “Ultramaratón de BOMBEROS de 65 km”. Contra mi propio pronóstico consigo terminar la prueba superando en más de 30 kilómetros la distancia más larga que había corrido hasta entonces (ya os lo he agradecido antes, pero no me canso de hacerlo: GRACIAS COVA, GRACIAS JAVI. Sin vosotros no lo hubiese conseguido). La felicidad en esos momentos era enorme, indescriptible. Fueron días en los que me costaba borrar la sonrisa de mi cara, pero también momentos en los que empecé a reconsiderar si la Traveserina era el objetivo adecuado para este año al ver lo mucho que había sufrido en esta prueba. Tras semanas de reflexión y largas conversaciones con Débora, mi mujer, que siempre me apoya y aconseja, decido que todavía tengo mucho tiempo en mi vida para hacer ese tipo de carreras, y que es mejor ir quemando etapas poco a poco como vengo haciendo hasta ahora. Por lo tanto, una vez descartada la aventura asturiana, me fijo como objetivo acabar un maratón de montaña más asequible y cerca de casa este mismo año. Varias son las candidatas y tras valorarlo detenidamente una palabra con luces de neón comienza a brillar en mi mente… “CAMOVI 42K”. Esa sería mi piedra angular durante los siguientes meses. Meses de dedicación y duros entrenamientos durante un diabólico invierno.

Me costó un par de meses recuperarme del esfuerzo físico realizado en “Bomberos” y así volver al estado de forma que tenía antes de esa prueba. Decido no competir hasta CAMOVI y centrarme en mis entrenamientos, pero inesperadamente el azar me regaló un dorsal para

TOXIZA 20K en un sorteo. No era el plan, pero me dije a mi mismo que me serviría como tirada larga para completar el entreno antes del gran día. El día de esa carrera empezó mi CAMOVI…

Posiblemente estaba haciendo la mejor carrera de mi vida en esa distancia (creo que iba entre los 50 primeros) hasta que llegó el kilómetro 12 donde todas mis pesadillas me esperaban en forma de torcedura de tobillo. Pisé mal y mi maltrecho tobillo no fue capaz de mantenerse firme ni con el vendaje que llevaba. En el mismo instante que noté como el tobillo cedía vi como aquel bonito neón de colores saltaba por los aires y se rompía en mil pedazos, junto con mis sueños e ilusiones. Era un castigo inmerecido…

Lleno de rabia y tristeza regresé a mi vida cotidiana. Faltaban dos semanas para CAMOVI y el panorama era muy oscuro. La primera semana solo hice dos sesiones suaves de gimnasio para mantener un poco el tono muscular, y la segunda donde las molestias del tobillo ya eran mínimas salí a trotar un par de días, con sensaciones tan malas que uno de ellos tengo que volver caminando a casa tras 6 kilómetros de trote suave. Era como si hubiese estado 3 meses parado… no podía ser cierto…. Tan mal me sentí estos días que valoré la posibilidad de no asistir a la carrera, pero en última instancia decido ir e improvisar sobre la marcha. Por lo menos me debía a mi mismo el intentarlo aún a sabiendas de mi precaria situación.

El día anterior por la tarde comienzo mi ritual habitual antes de una carrera. Preparo la bolsa, la ropa, la comida y la bebida meticulosamente, dedicando todo el mimo posible a cada detalle. Ceno un buen plato de patata cocida y una tortilla francesa para cargar los últimos carbohidratos de la semana, y me voy a la cama temprano.

Como era previsible apenas logro conciliar el sueño con los nervios, y a las 5 de la mañana salgo como un resorte de la cama. Desayuno y dedico unos buenos 20 minutos a vendar mi tobillo a conciencia (hoy no podía fallar). Recojo mis cosas y salgo camino a Viveiro. Durante el viaje repaso mentalmente un perfil que ya me sé de memoria, unos tiempos de corte que tengo ya grabados a fuego en mi mente, lo que debo comer y beber durante la prueba, y me digo a mi mismo que hoy, más que con el físico, debo correr con la cabeza, y que solo si soy lo bastante inteligente podré derrotar al monstruo que tengo delante.

A las 7:00 aparco al lado de la plaza mayor de Viveiro. Ya hay una actividad frenética preparando el acontecimiento. Recojo mi dorsal tras saludar a varios compañeros que ya estaban por allí. Me animo al verlos y en ese momento empiezo a creer… Nos hacemos la foto de rigor del club y nos dirigimos al control antes de la carrera, y antes de que me de cuenta estoy saliendo de la plaza por su particular acceso.

Me coloco al final del pelotón. Sé que la carrera es muy larga y consigo controlar el instinto de seguir a la marea a un ritmo incorrecto para mí en ese momento. Me cuesta sujetarme porque veo como todos mis compañeros van desapareciendo a lo lejos delante de mí, pero vuelvo a recordarme que hoy hay que correr con inteligencia y continúo trotando suavemente sobre el puente de la ría. Desde el cielo nos saludaba un día despejado y temperaturas muy agradables acompañadas de una suave brisa marina. El público nos jalea en cada rincón hasta que por fin dejamos el asfalto para adentrarnos en la subida a Silvarosa. A los pocos metros llego a la altura de Cova y Arantxa, ambas con problemas en un pie igual que yo (sois unas valientes).

Trotamos un rato juntos pero pronto Arantxa empieza a descolgarse y me quedo solo con

Cova. Sé que ella tiene mucha experiencia en este tipo de carreras y me parece la “liebre” a seguir perfecta, así que me quedo con ella durante una parte de la subida. Cuando llevamos la mitad de la ascensión se endurecen las rampas en forma de cortafuegos, pero voy muy cómodo, y esto unido a que el ritmo de Cova no acababa de convencerme para llegar a los cortes con garantías, me anima a tirar en solitario. A partir de aquí trato de ir regulando mucho cada gramo de energía consumida y de hidratarme y alimentarme según lo previsto. Así se suceden los kilómetros y cuando me doy cuenta ya había coronado la Silvarosa. Las vistas son espectaculares y me recreo unos instantes con ellas. Comienza la bajada, que tiene un desnivel muy pronunciado, y desoyendo a mi instinto comienzo a bajar tomando muchas precauciones.

Termino el descenso y ya estoy en el primer control con un margen de 15 minutos sobre la hora de corte. Había ganado el primer round de este combate.

El segundo asalto sería enfrentarme a la subida a Castelo y mantener esos preciosos 15 minutos que había conseguido en el primer control. Rellené mi camel con agua y me puse en marcha de nuevo viendo como llegaba Cova al avituallamiento que yo ya dejaba (me alegré mucho de que llegase a tiempo, y me fui con ánimos renovados). Para mi sorpresa, los kilómetros iban pasando y las sensaciones eran buenas (parecía mentira que solo cuatro días antes apenas pudiese trotar por llano 6 kilómetros). Consigo superar la subida a Castelo sin problemas (las series del Xalo están haciendo sus efectos, pienso). Es en el descenso donde comienzo a notar que los cuádriceps empiezan a acusar el esfuerzo. En la mitad de la bajada empiezo a ser consciente de que la pequeña molestia que sentía en la ingles desde hacía un ratito se está convirtiendo en un serio problema que puede dar al traste con toda la carrera. La combinación del sudor y el calzoncillo me está provocando unas yagas bastante feas en la cara interna de los muslos y el dolor comienza a tomar un indeseable protagonismo. Debía tomar una decisión rápida si no quería ver comprometido mi objetivo del año por culpa de una costura, de manera que busco un solitario hueco en el grupo de corredores y un lugar propicio para sacar el calzoncillo y poner fin al suplicio. Pero el daño ya estaba hecho y aún sin la costura rozando mi piel, cada gota de sudor que se deslizaba sobre la zona me proporcionaba dosis de dolor insoportables. Con este panorama llego al deseado avituallamiento y control del kilómetro 25 en Naseiro, planteándome seriamente abandonar la prueba. Me llenaba de frustración y rabia tener que abandonar por esa estupidez, y decidí seguir tirando hasta que ya no pudiese más. Si había llegado hasta aquí, iba a seguir luchando hasta caer de rodillas. Había conseguido ampliar mi ventaja con respecto el tiempo de corte hasta los 20 minutos y eso era mucho más de lo que había soñado antes de empezar. Comí, bebí y vuelta a empezar con la mirada clavada en la última ascensión, una serie de tres cotas que me llevarían hasta Penedo do Galo, el punto más alto de la zona y donde esperaba la ansiada gloria.

Traté de abstraerme del dolor y concentrarme en cada paso que daba y que, mentalmente, iba convirtiendo en pequeñas victorias. Los kilómetros empezaron a sucederse lentamente, tanto que empecé a temerme que no llegaría dentro del tiempo de corte del siguiente control en Aralde, pero seguí apretando los dientes y continué el viacrucis en el que se estaba convirtiendo aquello. Llegué a Aralde con un cuarto de hora sobre el corte, había dejado escapar 5 minutos de la renta que tenía en el bolsillo y la preocupación crecía en mi interior.

Tenía que luchar, era ahora o nunca, y no había llegado hasta este punto para rendirme, de forma que comencé el ascenso a la segunda de las cotas incrementando ligeramente el ritmo que llevaba hasta entonces. Tras un buen rato de ascenso O Penedo do Galo tomo forma ante mis atónitos ojos. Allí podía ver, como pequeñas hormigas, a algunos corredores que ya bajaban hacia la meta. Tan cerca y sin embargo tan lejos, pensé. Era consciente de la crueldad del recorrido, y de que en lugar de correr hacia ese deseado punto debería darle la espalda y seguir mi camino por el bucle que lo rodea para poder iniciar su ascenso. De este modo continué mi camino hasta llegar al último de los controles, donde había recuperado los cinco minutos perdidos en el anterior. Era el momento de jugarse el todo por el todo y me comí un puñado de gominolas para poner una sobredosis de azúcar en mis venas que me permitiese afrontar el último arreón. La niebla se hizo presente, y la temperatura descendió de forma brusca. El primer tramo a partir de ahí era un auténtico barrizal, con grandes charcos de agua donde mi maltrecho tobillo corría serio peligro, de forma que tomé muchas precauciones para pasar por esta zona (una vez más tocaba usar la cabeza), pensando en administrar mi valiosa ventaja de tiempo con respecto al corte. Una vez superada esta parte solo restaba la última y definitiva rampa que culminaría en Penedo do Galo. El azúcar se hizo presente en mi sangre y me llevó en volandas hasta lo más alto casi sin darme cuenta. El dolor de los muslos había pasado a un segundo plano empequeñecido por la inmensa felicidad que comenzaba a inundarme por dentro. Un vistazo a las impresionantes vistas de la ría y comienzo el descenso poniendo mucha atención a cada pisada que doy. Solo quedaban dos kilómetros y eran en mi terreno favorito, en descenso. A los pocos metros de iniciar la bajada una alegría incontenible comienza a tomar posiciones dentro de mí, y conforme me acerco al final se transforma en una amplia sonrisa que ya no me abandonará hasta la meta. Salgo del monte al asfalto consciente de que ya nada se interpone en mi camino y que voy a lograr mi sueño. Adelanto a tres corredores algo antes de cruzar el arco que da acceso a la plaza mayor. Me doy cuenta de que me miran extrañados, como diciendo “¿de qué se ríe?”. Pero eso ya da igual, mis ojos se humedecen, mi corazón cabalga alocadamente en mi pecho y yo simplemente vuelo hacia mi destino. Un par de pequeños se acercan para que les choque la mano, y disfruto como un niño cuando lo hago. El público me jalea, entro en la plaza, hago la última curva, golpeo mi pecho con rabia y me cubro el rostro con las manos antes de cruzar la meta.

Me saco la mochila y la gorra y me dejo caer al suelo para contemplar el azul del cielo que ilumina este día tan grande para mí. Y saboreo cada segundo, cada instante como si fuesen pequeñas joyas únicas en el espacio y el tiempo. Lo había conseguido, había derrotado al monstruo… y en mi cabeza empiezan a aflorar las personas importantes en mi vida, y doy gracias en silencio a mi mujer, a mi hija, a mis padres, a mis amigos y por supuesto a todos mis compañeros del CAS. Todos y cada uno de vosotros merecéis mi más profundo agradecimiento, porque lo que siento en estos momentos es algo que no tiene precio y que me marcará para siempre.

Lo malo de esto, es que este maremágnum de emociones es adictivo, y pronto empezaré a buscar en el horizonte nuevos desafíos que me permitan empaparme de nuevo de esta maravillosa droga.

 

¡¡¡ MUCHAS GRACIAS A TODOS!!!

CAMOVI_2018